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ESTRÉS, ANGUSTIA Y ANSIEDAD DURANTE LA PANDEMIA DE COVID-19

La crisis provocada por la pandemia del COVID-19 y las medidas restrictivas dirigidas a disminuir la propagación de la enfermedad han alterado drásticamente la vida de las personas. Su impacto directo en la salud física se ha documentado a detalle y los efectos indirectos en la salud mental cada vez cobran mayor relevancia debido al grave peligro que representan a corto, mediano y largo plazo. En diversas revisiones sistematizadas se ha descrito la presencia de índices elevados de ansiedad, depresión, estrés postraumático, estrés y angustia psicológica en la población general de varios países. Es relevante mencionar que entre los pacientes con trastornos psiquiátricos preexistentes a la pandemia se ha observado un empeoramiento de los síntomas. Los trabajadores de la salud son una población particularmente vulnerable de sufrir depresión, ansiedad, estrés postraumático e insomnio, este último de forma destacada.

Los pacientes que enfermaron de COVID-19 y los trabajadores de la salud de primera línea son dos grupos severamente afectados que requieren una atención prioritaria para reducir el malestar psicológico; sin embargo, la población general también requiere una atención urgente. Entre los sectores con mayor probabilidad de presentar diversas manifestaciones de angustia psicológica están las mujeres y los grupos de menor edad.

En este trabajo se describen las principales fuentes y manifestaciones de estrés y angustia y ansiedades asociadas con la pandemia de COVID-19. Se analiza su efecto en la salud mental de cuatro grupos vulnerables: personal de salud, mujeres, niños y adolescentes, y adultos mayores, resaltando los hallazgos de estudios realizados en el país. La exposición concluye con la descripción de algunas acciones y propuestas dirigidas a reducir el impacto de este fenómeno en la salud mental de la población. La magnitud del problema señala la necesidad de fortalecer y promover acciones de atención comunitaria, dirigidas a mitigar los efectos de la COVID-19 en la salud mental de la población general y de los grupos más vulnerables.

EL ESTRÉS, LA ANGUSTIA Y LA ANSIEDAD

El estrés es una respuesta fisiológica que se desencadena en el organismo cuando el cerebro interpreta “algo” como peligroso o amenazante. Al percibir que nuestro bienestar y seguridad o el de quienes amamos está en peligro, el organismo enfoca su energía en combatir la amenaza. La pandemia de la COVID-19, percibida como una “amenaza real”, ha activado en la mayoría de las personas estas respuestas, que pueden considerarse adaptativas. Sin embargo, cuando los individuos no disponen de las estrategias adecuadas para enfrentar la amenaza, puede ocasionarles angustia e impactar en su vida cotidiana. Las adversidades asociadas con la pandemia y la emergencia sanitaria constituyen factores de riesgo, ampliamente documentados, para la presencia de problemas de ansiedad a corto y largo plazo. Las manifestaciones ansiosas se manifiestan en diferentes niveles, que pueden ir de una presencia leve a moderada y limitada en el tiempo hasta un trastorno de ansiedad grave.

Para la Asociación Psiquiátrica Americana un trastorno de ansiedad se define como un estado emocional desagradable en el que hay una sensación subjetiva de un peligro, miedo, malestar, tensión o aprensión, acompañado de una descarga neurovegetativa y cuya causa no está claramente reconocida por la persona. Otros autores definen a la ansiedad como un sistema complejo de respuesta conductual, fisiológica, afectiva y cognitiva que se dispara al anticipar sucesos percibidos como imprevisibles, incontrolables y potencialmente amenazantes para los intereses vitales de una persona. Entre las principales fuentes de estrés se encuentra la preocupación por los efectos directos de la enfermedad en la salud física, las restricciones derivadas del confinamiento, el impacto en la economía familiar y la incertidumbre respecto al futuro. La angustia que viven las personas se asocia con el miedo a contagiarse, a morir, a infectar a otros y a perder familiares y personas cercanas.

La posibilidad de no tener la oportunidad de despedirse de sus seres queridos o de realizar un funeral es un importante factor que contribuye a incrementar el estrés. La desinformación generalizada y la falta de claridad en los mensajes sobre las medidas de prevención son importantes fuentes de estrés adicional. En algunos lugares es constante la preocupación por asegurar el acceso a la comida, el agua, la ropa o la vivienda. En México, los resultados de la Encuesta de Seguimiento de los Efectos de la COVID-19 en el Bienestar de los Hogares Mexicanos (ENCOVID-19), en el reporte de abril a octubre del 2020, señalan una tasa de prevalencia de síntomas de ansiedad del 31%, cifra superior a estimaciones realizadas antes de la pandemia. En estudios realizados con poblaciones diversas se observaron resultados similares.

Es importante tener presente que estos efectos en la salud mental pueden permanecer a mediano y largo plazo. En estudios realizados después del brote de SARS, se observó que los pacientes seguían presentando síntomas de estrés, ansiedad y depresión en el seguimiento a los 12 y 30 meses. En el personal de salud también se registró la presencia de estos síntomas 3 años después. Se ha descrito que entre más tiempo dura una pandemia y el confinamiento asociado, mayor el riesgo de presentar estrés postraumático, así como comportamientos de evitación y enojo. La siguiente cita de Juan Ramón de la Fuente, embajador de México ante la Organización de las Naciones Unidas, sintetiza las descripciones previas:

“En tiempos de pandemia y aislamiento, todos somos vulnerables. Los cuadros de angustia y los ataques de pánico son frecuentes, al igual que los episodios depresivos. Agregue usted el enojo social por las restricciones a movernos libremente, el aumento en el consumo de alcohol u otras substancias capaces de alterar la conciencia, el aislamiento social, el confinamiento en espacios hacinados y el miedo a ser contagiado, y verá que no es necesario ser experto en la materia para apreciar que están dadas las condiciones para que surjan o resurjan las patologías mentales”.

GRUPOS VULNERABLES

Las consecuencias derivadas de la pandemia de la COVID-19 han impactado de manera generalizada en la población; sin embargo, hay grupos particularmente vulnerables, como los trabajadores de los servicios de salud de primera línea, las mujeres, los niños y adolescentes, y los adultos mayores. En el siguiente apartado se describe el impacto de la COVID-19 en la salud mental de estos grupos y se resaltan algunos aspectos relevantes para su atención.

PERSONAL DE SALUD: Durante la pandemia de COVID-19, el personal de salud ha estado expuesto a diversos eventos traumáticos, entre ellos, la muerte de algún colega o paciente, la atención –sin el equipo adecuado– a personas con sospecha de ser positivos o la contaminación con fluidos de un paciente positivo al virus durante las maniobras de reanimación. Debido a la recurrencia de estas situaciones, es frecuente que el personal de salud presente sintomatología ansiosa y que algunos desarrollen síntomas graves de ansiedad, incluso trastorno de ansiedad generalizado o trastorno por estrés postraumático.

En México, el estrés postraumático es uno de los principales problemas identificados entre el personal de los equipos sanitarios que se encuentran en la primera línea: el 37.5% cumple con los criterios para este trastorno, mientras que el 50% reporta manifestaciones de estrés menos específicas. Al comparar la prevalencia de estos trastornos entre el tipo de profesión, se observaron algunas diferencias; por ejemplo, la ansiedad fue más frecuentes entre los paramédicos, mientras que los médicos generales y los residentes tuvieron un mayor riesgo de agotamiento. También se observaron diferencias entre los sexos: en las mujeres la ansiedad fue más frecuente, en tanto que en los hombres lo fue el consumo de alcohol y otras drogas.

El 40% del personal que presentó algún trastorno mental manifestó interés en participar en intervenciones psicológicas en línea o a distancia. Este indicador muestra que es una prioridad garantizar a los trabajadores de la salud el acceso a servicios de apoyo psicológico con base en sus necesidades. Actualmente, diversas instituciones de la Secretaría de Salud y educativas, como la Universidad Nacional Autónoma de México, han puesto en marcha un programa de atención psicológica remota de personal de salud frente a la COVID-19.

MUJERES: En un estudio realizado en México, en el que participaron 2,650 personas de todo el país, se observó que una mayor proporción de mujeres vs hombres informaron sentirse preocupadas (67.7 vs 51.6%), temerosas (27.7 vs 15.9%) y tristes (26.7 vs 16%); aunque también señalaron con mayor frecuencia estar emocionalmente cercanas a otras personas y establecer contacto con amigos y familiares para compartir emociones y preocupaciones. También a partir de una encuesta en línea a 8,348 personas se encontraron resultados similares: las mujeres, a diferencia de los hombres, mostraron una mayor probabilidad de presentar estrés agudo, enojo y ansiedad generalizada ante situaciones en las que se sentían rebasadas.

Dos grupos de mujeres particularmente vulnerables durante esta crisis son las mujeres embarazadas y quienes han sido madres en fechas recientes. Los elevados niveles de estrés observados en ambos grupos se atribuyen a la incertidumbre para acceder a los servicios de salud, a las complicaciones para contar con redes de apoyo y al miedo a infectarse. Las tensiones económicas y sociales que se han profundizado ante la pandemia, aunadas al confinamiento, han ocasionado un aumento exponencial de la violencia de género. Muchas de las mujeres violentadas permanecen en casa con su agresor, con escasas posibilidades de recibir ayuda. Un indicador del incremento de esta violencia son las llamadas al 911 relacionadas con “violencia contra la mujer”. En el mes de abril de 2020 se registraron 21,722 llamadas (un promedio de 30 llamadas por hora), cifra que representa un aumento del 42%, con relación al mes de abril del año previo.

Ser víctima de violencia es uno de los principales factores de riesgo para el estrés postraumático, el abuso de sustancias y el suicidio.

Es evidente que la atención a la salud mental requiere protocolos que incorporen una perspectiva de género, así como estrategias que garanticen el bienestar integral de las mujeres. La pandemia ha obligado a desarrollar recursos para otorgar atención a un mayor número de personas. Esta es una oportunidad para facilitar el acceso a los servicios remotos, como la telemedicina y las líneas telefónicas de ayuda, y para incorporar estos recursos al conjunto de herramientas de atención.

NIÑOS Y ADOLESCENTES: Los niños y adolescentes son quienes han padecido en menor proporción los efectos del COVID-19 sobre la salud física. Sin embargo, la crisis económica y social, así como las medidas de mitigación, están teniendo importantes consecuencias en el desarrollo y bienestar emocional. Los niños experimentan síntomas de ansiedad por las repercusiones negativas de la pandemia en sus vidas y sufren incertidumbre sobre el futuro.

El estrés agudo puede perjudicar el desarrollo cognitivo de los niños y desencadenar problemas de salud mental a largo plazo. En una encuesta, realizada por Save the Children durante 2020 en Estados Unidos de América (EUA) y varios países europeos, se observó que en Finlandia, siete de cada 10 menores participantes en el estudio tenían ansiedad, mientras que en EUA la prevalencia fue del 25%. En el Reino Unido, casi el 60% de los niños temía que un pariente pudiera enfermar y en Alemania tres de cada 10 estaban preocupados por no poder terminar el curso escolar. Los adolescentes también son un grupo con importantes riesgos; se han cerrado las escuelas y se han reducido sus perspectivas económicas.

Debido a que la socialización es un elemento fundamental en esta etapa del desarrollo, el confinamiento ha tenido un gran impacto en la salud mental. La pérdida de las costumbres y de las rutinas familiares, el aburrimiento y las dificultades para participar en actividades deportivas también son causas relacionadas con la presencia de problemas psicológicos en esta población. Los resultados de un estudio realizado por la UNICEF con 8,444 adolescentes y jóvenes de 13 a 29 años que viven en países de Latinoamérica y el Caribe muestra el impacto de la COVID-19 en su salud mental. El 27% reportó sentir ansiedad, principalmente atribuida a la preocupación por la situación económica. El 46% reportó estar menos motivado para realizar actividades que normalmente disfrutaba. El 73% percibió la necesidad de pedir ayuda con relación a su bienestar físico y mental, aunque solo el 30% buscó algún apoyo.

Las intervenciones de promoción de la salud mental de los adolescentes deben orientarse a fortalecer la capacidad para regular sus emociones, potenciar las alternativas a los comportamientos de riesgo, desarrollar la resiliencia ante situaciones difíciles o adversidades y promover entornos y redes sociales favorables.

Estos programas requieren un enfoque que abarque múltiples niveles y varias plataformas de difusión, por ejemplo, los medios digitales, los entornos de atención médica o social, las escuelas o la comunidad, así como diversas estrategias para llegar a los adolescentes, en especial a los más vulnerables.

ADULTOS MAYORES: La principal preocupación de muchos adultos mayores es infectarse con el virus y no tener acceso a una atención adecuada. A diferencia del resto de la población, los adultos mayores suelen ser más susceptibles al aislamiento social y a los cambios en las rutinas diarias; el sentimiento de soledad es un fuerte predictor de trastornos de ansiedad y depresión, y aumenta el riesgo de mortalidad.

Se ha descrito que los adultos mayores pueden presentar niveles de estrés más altos durante esta pandemia si no cuentan con la compañía de vecinos, amistades o familiares. Es fundamental monitorear a esta población porque los síntomas de ansiedad suelen pasar desapercibidos, diagnosticarse de manera errónea o asociarse con el ciclo normal de envejecimiento. Ante una situación como el confinamiento, los adultos mayores pueden reaccionar de formas diversas, por ejemplo, con manifestaciones de miedo, indiferencia o fatalismo. Los adultos mayores son una población heterogénea con relación a sus condiciones de salud, vivienda y autocuidado, por lo tanto, deben establecerse estrategias de atención diferenciadas. Es relevante considerar que el acceso de este sector a los servicios, que suele brindarse por medio de las tecnologías puede estar limitado por aspectos económicos, dificultades cognitivas, sensoriales y motrices.

INTERVENCIÓN TERAPÉUTICA GENERAL

Se han propuesto diversas medidas para la población, los profesionales de la salud y los tomadores de decisiones, enfocadas a minimizar las consecuencias en la salud mental derivadas la pandemia.

ALGUNOS EJEMPLOS DE ESTAS ACCIONES SON: Integrar aspectos psicosociales y de salud mental en todas las actividades de respuesta. Considerar y abordar los obstáculos para el acceso de las mujeres y niñas a los servicios de apoyo psicosocial, especialmente a aquellas expuestas a la violencia o en riesgo de sufrirla.

Promover estrategias de autocuidado: Estrategias para disminuir el miedo y la ansiedad, y para establecer formas en que las personas pueden brindar apoyo a otras.

Otorgar Información clara y concisa sobre la COVID-19, incluido cómo acceder a la ayuda si una persona se siente mal: Incrementar el acceso o apoyo a distancia ante cualquier necesidad en materia de salud mental. Este rubro sugiere realizar mejoras en las estrategias de atención a la salud mental a distancia (p. ej., teléfono, mensajes de texto o videollamadas), en función del contexto, recursos y necesidades de cada grupo (mujeres, niños, adultos mayores, etc.). El gobierno de México estableció desde el inicio de la pandemia la estrategia de atención para dar respuesta a las necesidades de salud mental y adicciones. Incluye intervenciones antes, durante y después de la emergencia en diversas modalidades: (1) capacitación en salud mental en emergencias; (2) atención en salud mental comunitaria; (3) atención prehospitalaria; (4) atención hospitalaria (aislamiento domiciliario u hospitalario); (5) aseguramiento de la atención en salud mental al personal de salud y a los primeros respondientes; (6) otorgamiento de atención continúa en salud mental y adicciones; y (7) atención orientada a la recuperación.

Las intervenciones van dirigidas a cinco grandes grupos: población general (personas que no tienen COVID-19); personas con COVID-19 que están en aislamiento domiciliario o en un medio hospitalario; población que remitió de COVID-19; familiares o cuidadores de personas con COVID-19; y personal de salud y trabajadores de primera línea (Secretaría de Salud, 2020). Existen reportes y publicaciones que describen los alcances de esta estrategia (Robles et al, 2020; Morales et al, 2020).

Otra estrategia para brindar atención psicológica a distancia ante la COVID-19 es el programa Mi salud también es mental (https://misalud.unam. mx/covid19/).

Existen varias estrategias específicas para los diferentes grupos de edad y cada persona con problemas debe recibir una evaluación y poder tener un tratamiento individualizado propuesto por un especialista en la salud mental.

Sin embargo, existen algunas recomendaciones concretas que son útiles para cualquier persona con angustia, estrés y ansiedad.

Mantener una actitud y expectativa de cambio positivos.

Mantener rutinas dentro de casa y horarios de actividades.

Realizar actividades de esparcimiento, como escuchar música, leer e incluso bailar.

Buscar actividades que permitan control emocional y mayor conciencia propia, como la meditación, el mindfulness, la yoga, etc.

En especial para niños y adolescentes, es necesario realizar actividad física deportiva (entre 45 a 60 minutos) al menos 5 días de la semana.

Buscar el contacto mediante llamada telefónica o videollamada con personas cercanas y queridas.

Buscar ayudar a otros que lo requieran.

CONCLUSIONES

La pandemia ocasionada por COVID-19 ha afectado la salud mental de la población y su impacto permanecerá por largo plazo. Los estudios que confirmaron la presencia de síntomas de estrés y ansiedad hasta 3 años después del brote del SARS son un antecedente de los efectos duraderos asociados con este tipo de fenómenos. Estos antecedentes se corroboran con la reciente evidencia de secuelas psicológicas, como estrés postraumático, depresión o ansiedad, en una importante proporción de las personas recuperadas de la COVID-19.

Después de este prolongado confinamiento, es previsible que, al retirarse las medidas de aislamiento sanitario, se manifestarán dificultades para retornar al trabajo o escuela. No sabemos con exactitud qué pueda pasar, pero no es arriesgado predecir que se presentarán reacciones de estrés, ansiedad e incluso resistencias. Ante lo que se ha llamado “nueva normalidad”, los “nuevos hábitos” y las “nuevas rutinas”, la salud mental sin duda deberá requerir toda nuestra atención y estar presente como un tema prioritario en la agenda de salud pública. Las desigualdades y brechas en la atención que estaban presentes antes de la pandemia han aumentado. Las condiciones de los servicios dedicados a la atención de los trastornos mentales ya eran complicadas desde antes.

La desigualdad entre países pobres y ricos, con relación al presupuesto asignado, es muy marcada. En México, el presupuesto para la salud mental representa el 2.1% del total asignado a la salud. Los recursos limitados ocasionan grandes rezagos en el acceso a los servicios y en la atención oportuna. El impacto de esta crisis sanitaria tendrá secuelas a largo plazo, por lo tanto, los servicios de salud mental tendrán que reinventarse. Las recomendaciones e intervenciones que se realicen deberán responder a las situaciones de emergencias, pero también deben mantenerse como parte de un sistema de atención en salud integral. Además de los tratamientos médicos, psicosociales y psicoterapéuticos, son necesarios los programas comunitarios que promuevan la salud.

También es importante ampliar las estrategias alternativas como la atención a distancia, los programas de autoayuda y los servicios de atención digitales. La pandemia y sus repercusiones sociales y económicas ocasionaron una crisis mundial sin precedentes que ha impactado en la salud mental de la población. Sin embargo, también brinda la oportunidad de mejorar las acciones de atención a la salud mental de forma que, además de reforzar el cumplimiento de los derechos humanos y legales, y garantizar los servicios sanitarios y sociales de manera equitativa, se fortalezca la promoción de acciones para el autocuidado y la prevención.

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